El siglo de oro

¿Qué es el denominado siglo de oro?

Escrito por Germán Vega García-Luengos
Catedrático de Literatura Española de la Universidad de Valladolid

Desde principios del siglo XVI hasta la muerte de Calderón de la Barca en 1681 se abre esa fase larga y elevada de la literatura española que ha quedado consagrada con tan brillante rótulo. Si no resulta difícil entender lo que se quiere decir con la mención del metal precioso, sí que puede extrañar la utilización en singular del periodo temporal, que en la práctica se aplica a casi dos siglos: el XVI, al que se acostumbra a aplicar el término de Renacimiento; y el XVII, conocido por el de Barroco. La razón habría que buscarla en la historia de la denominación, que en los primeros que lo emplearon tenía un carácter más restrictivo.

En esas décadas fraguaron aspectos decisivos de las letras hispanas, que, al tiempo, constituyen algunas de sus mayores aportaciones a la cultura occidental. Considérense como tales la apertura de cauces para la expresión de los estadios humanos más íntimos, surgidos en el campo de la escritura espiritual, por escritores como Santa Teresa de Jesús o San Juan de la Cruz; o la fecunda experimentación en el relato de ficción, que culminó con la invención por parte de Cervantes de la novela moderna; o la fundación de un teatro nacional, que satisfizo ocios y dio cuerpo poético al imaginario colectivo, del que Lope de Vega fue su principal artífice.

El Siglo de Oro supuso para el castellano su afianzamiento definitivo, al superar las normas locales y la inestabilidad del romance medieval, para convertirse en un instrumento pleno de comunicación y expresión artística en los diferentes territorios peninsulares. Su dominio se dilató con la expansión política por Europa y América.

Las corrientes culturales foráneas, a las que España estuvo abierta, sobre todo, en los momentos iniciales, y que llegaron fundamentalmente de Italia (humanismo, lírica petrarquista, épica culta, novelas cortas, teatro comercial, etc.) no implicaron la renuncia a la propia tradición. Todo lo contrario: su persistencia contribuyó de manera sustancial a la singularidad de muchas de las manifestaciones hispanas.

El esplendor áureo es patente en los distintos géneros y campos literarios. En el de la literatura religiosa, los afanes de comunicación doctrinal y de experiencias intelectuales y espirituales de escritores como Luis de Granada, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz o Fray Luis de León supusieron un importante avance en la interiorización del lenguaje, que sirvió de modelo a otros autores europeos, religiosos o no. No buscaron la literatura por la literatura, sino que su compromiso religioso les obligó a utilizarla para mejor ejercer su pedagogía. Y en determinados casos, como los de los místicos carmelitas, la lengua literaria fue la única forma de acercarse a las experiencias culminantes.

Pero más allá, o más acá, de lo religioso, la expresión del pensamiento alcanzó importantes logros en la pluma de escritores de una capacidad intelectual y de una preparación humanística asombrosas, como Francisco de Quevedo o Baltasar Gracián.

 

Imagen de fondo sala personajes
Representación de los autores del siglo de oro, dentro de la sala "Los personajes"

Fecunda y decisiva para la literatura universal fue especialmente la contribución española en la novela, uno de los productos más distintivos de la Modernidad. Relatos sentimentales, caballerescos, pastoriles, moriscos, bizantinos forman parte de ese magma del que surgió. Un protagonismo especial hay que conceder al Lazarillo, tan cercano ya a la novela moderna, si no es una de ellas. Las importantes novedades que ofrece son compatibles con la procedencia tradicional de muchos materiales, característica -como decimos- de este Siglo de Oro español. En 1605 se presentaba en público la primera entrega de la novela más famosa de todos los tiempos, el Quijote de la Mancha. La propia literatura ha tenido gran relevancia en el juego esencial de realidad y ficción que define el libro: una literatura autónoma y que concede libertad al creador, a los personajes y al lector. Son notables también en la narrativa del siglo XVII las novelas cortesanas y, sobre todo, de las picarescas adscritas a la moda establecida por el Lazarillo y El Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán.

La poesía épica, que sigue el modelo clásico, alcanzó con La Araucana de Alonso de Ercilla su mejor producto, gracias a la combinación de modelos grecolatinos y experiencias personales. Pero es en la poesía lírica donde la literatura áurea alcanzó algunas de sus cimas: Garcilaso de la Vega, Fray Luis de León, Fernando de Herrera, San Juan de la Cruz, Lope de Vega, Luis de Góngora, Francisco de Quevedo… Fueron también el resultado genial de la confluencia de corrientes poéticas que venían de Italia y de la propia tradición hispana -romances, coplas, villancicos, poesía cancioneril-.

Y entre los capítulos más brillantes de ese Siglo de Oro, por sus implicaciones interiores y su repercusión exterior, está el teatro. Los dramaturgos españoles, con Lope de Vega en lugar destacado, ofrecieron a los españoles -y, a la postre, al mundo- un nuevo arte de hacer comedias para un tiempo nuevo, que quisieron reflejar y satisfacer.

Entre 1601 y 1606, en el mismísimo corazón del Siglo de Oro, Valladolid se constituyó en asiento prioritario de la cultura, de las artes y de la literatura española, habitada por genios como Cervantes, Quevedo o Góngora, a los que atrajo el asentamiento en ella de la corte de Felipe III. Nunca esta ciudad y su entorno habrían de experimentar tal concentración de ingenio (y muy pocas lo han hecho o lo harán en el mundo).

El teatro Clásico español

 Escrito por Germán Vega García Luengos
Catedrático de Literatura Española de la Universidad de Valladolid

Se calcula que son alrededor de diez mil las obras conservadas de este esplendoroso capítulo de la literatura española; que constituyen el repertorio más extenso que puede ofrecer ningún otro teatro. Son los restos de una pasión que duró desde finales del siglo XVI hasta bien entrado el XVIII, desatada por el encuentro fecundo de diferentes factores artísticos y sociológicos en la España Moderna.

Su apogeo hay que situarlo dentro de la teatralización general de la vida española de la época. En pocos contextos como aquel encuentra acomodo la ecuación clásica que identifica la vida con el teatro, cuya plasmación más notable es, sin duda, la de Calderón en El gran teatro del mundo. Los grandes y pequeños acontecimientos de la colectividad eran vividos teatralmente. Plazas, calles, jardines, patios, templos, conventos, acogieron un amplísimo despliegue de manifestaciones teatrales o parateatrales.

La comedia nueva, que es el núcleo de la revolución teatral barroca, consolidó su fórmula dramática y comercial en los años finales del siglo XVI. Fue Lope el principal promotor, quien impuso su modelo gracias a la perspicacia con que supo aprovechar las lecciones de sus antecesores y contemporáneos, con el objetivo puesto en atraer a amplios sectores de público, que pagarían por llenar de teatro sus ratos de ocio.

Se ha insistido en la función de instrumento de propaganda política y religiosa que tuvo el teatro barroco. Sin embargo, es incuestionable que la primera razón de su existencia y el meollo de su éxito fue su capacidad de divertir. Se creó un verdadero espectáculo de masas que consiguió atraer a los corrales, coliseos y plazas a un público de muy diversa procedencia y extracción social.

La cólera del español sentado -en palabras de Lope-, su avidez por ver cosas, no afectaba sólo a lo que se le echaba en una tarde, que debía ser mucho y variado. También exigía cantidad y variación en la temporada. Esta demanda consiguió ampliar los temas y asuntos hasta límites insólitos. Si el mundo es un teatro -El gran teatro del mundo-, el mundo entero cabía en el teatro. La totalidad de su cronología y de su geografía; la totalidad de sus esferas; lo divino y lo humano. El teatro se apropió de todo tipo de materiales cultos y populares -Biblia, crónicas, novelas, romances, canciones, noticias…-, incluido el propio teatro: esto es lo que hizo de él una suma de la literatura, de la cultura y de la vida de la época.

Su enorme potencial creativo implicó a centenares de escritores, de los que emergen unos cuantos nombres –Lope de Vega, Calderón de la Barca o Tirso de Molina– que deben figurar con méritos sobrados en los lugares de honor de la dramaturgia universal. Y otro tanto debe decirse de su repertorio: de sus miles de obras conservadas, un puñado forman parte del canon de no importa qué país: Fuenteovejuna, El caballero de Olmedo, El burlador de Sevilla, La vida es sueño, El alcalde de Zalamea...

El patio de Comedias

En el exterior del Palacio del Caballero se encuentra el «Corral de Comedias». Un espacio destinado a representaciones teatrales con una ambientación que nos traslada a los antiguos «corrales de comedias», en los que se representaban las piezas dramáticas del siglo áureo.

Un espacio en el que se rememora esa época dorada, y en el que los espectadores se sentirán partícipes de la escena.

En España, un corral o patio de comedias es un teatro permanente instalado en el patio interior de una manzana de casas. Estos lugares de escena aparecieron a finales del siglo XVI y acompañaron el vuelo prodigioso del teatro del Siglo de Oro.

Durante este período, el teatro cobró una importancia extraordinaria en España, con autores mayores como Lope de Vega, Cervantes y Pedro Calderón de la Barca. Nuevos modos de representación escénica aparecieron. Todas las obras teatrales profanas eran llamadas «comedias», aunque cubren tres géneros: la tragedia, el drama, y la comedia propiamente dicha.

Los "corrales de comedias", primeros teatros españoles

Antes de finales del siglo XVI, no había edificios dedicados al teatro en España. Las primeras representaciones de comedias se daban en el patio de casas o posadas. Un escenario improvisado estaba dispuesto en el fondo del patio. Los tres lados restantes servían de galerías para el público más pudiente. Los otros espectadores veían el espectáculo de pie, en el patio abierto al cielo.

Esta estructura se conservó en los teatros permanentes construidos a partir de los finales del siglo XVI, llamados corrales de comedias. Ellos utilizaban el espacio cerrado, rectangular y descubierto del patio central de un manzana de casas.

– El escenario estuvo instalado a una extremidad del patio, contra la pared de la casa del fondo.
– Frente al escenario había el patio descubierto: en su parte posterior los hombres del pueblo, también llamados mosqueteros, asistían de pie al espectáculo.
– Los balcones y las ventanas de las casas contiguas formaban los aposentos reservados para las personas nobles, fueran hombres o mujeres.
– Las mujeres de clase más baja debían sentarse en la cazuela, un palco frente al escenario.

El escenario y las galerías estaban protegidas por un tejadillo voladizo. Un toldo de tela permitía techar el corral para resguardar del sol el público del patio.

El número de corrales de comedias aumentó rápidamente después de 1600, respondiendo al entusiasmo del público para esta nueva forma de espectáculo.

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