El mudéjar, la pasión
¿quíen hizo el mudéjar?
Con el término mudéjar -que procede de la voz árabe mudayyan (sometido)- se designaban los reinos cristianos a los musulmanes que permanecían, conservando su religión y sus costumbres, en territorio conquistado.
Esto sucedia excepto en los momentos en que mediaba alguna provocación por alguno de los dos bandos que se disputaban España, la convivencia era pacífica y perfectamente reglamentada: los mudéjares ocupaban barrios diferenciados -las aljamas- y se regían por sus propias leyes, siempre sometidas a la aprobación del rey o del señor cristiano del que dependían. Aceptaban el trato de vasallos y pagaban el tributo estipulado desde el momento mismo de la conquista; ejercían sus oficios de siempre y solo su religión y su vestimenta les diferenciaban de la población cristiana.
El fenómeno no era nuevo: cuando el Islam emprendió la rápida conquista de la Península Ibérica había admitido también en su ámbito a una minoría religiosa -los mozárabes- que conservaba, en los reinos musulmanes, su culto cristiano.
En tiempos de paz los mozárabes habían aceptado su condición de tributarios de emires y califas, haciendo pervivir, en sus arrabales y parroquias las costumbre heredadas de la Hispania Visigoda. Así, cuando un territorio volvía a pasar a las manos de un rey castellano o aragonés, durante la Reconquista, sus nuevos pobladores (generalmente colonos procedentes de los reinos del norte venidos a hacerse cargo de los campos abandonados por los musulmanes derrotados) tenían que convivir, por un lado, con los cristianos que habían resistido a lo largo de los siglos musulmanes -los mozárebes- y también con los mahometanos que optaban por el régimen de vasallaje ante la perspectiva de un exilio azaroso. Como resultado de todo esto las dos civilizaciones «enemigas» se fueron habituando a la vecindad y el trasvase de conocimientos se hacía inevitable.
¿Qué es el mudéjar?
Desde el primer momento se vería con claridad que el mudéjar es arte esencialmente funcional.
Si en un principio los cristianos tuvieron que conformarse con los edificios musulmanes que pasaron a su propiedad, pronto se revelaría necesario construir nuevos tempos y conventos y sustituir las antiguas mezquitas -convertidas en iglesias mediante su consagración litúrgica y la mera adición de imágenes cristianas- por oratorios más apropiados a los ritos occidentales que requerían un espacio propio.
Así, en algunos casos se aprovecharían las naves de las mezquitas, haciéndolas confluir en un presbiterio, y en otros se construirían iglesias de nueva planta. De cualquier manera, cuando el clero emprendía la edificación de un nuevo templo tenía que acudir en buena lógica, a los maestros más diestros o a la mano de obra más barata. Y las dos condiciones se reunían en la población mudéjar.
El tipo de edificio, sin embargo, vendría impuesto por las necesidades del culto.
Así, la elección de posibles modelos tenía que mirar hacia los lugares de la cristiandad que nunca habían sido alcanzados por otras religiones. Los reinos del norte de España habían continuado el desarrollo de sus artes, enriqueciéndolas con la valiosísima aportación del estilo que había llegado de la mano de las peregrinaciones: el Románico. El tipo de iglesia románica, extendido ya por toda Europa, iba a encontrar interpretaciones heterodoxas en las tierras recién conquistadas. La piedra sería sustituida por el ladrillo, un material conocido y barato; los arcos que separaban las naves trazarían de forma espontánea una herradura en lugar del semicírculo habitual en el románico; las bóvedas serían sustituidas por armaduras de madera, menos costosas y, en ocasiones, también más suntuosas; el campanario, finalmente, sería un simple minarete dotado de huecos para albergar las campanas.
En resumen, el resultado final ya no se podía encuadrar en las formas del románico, a pesar de que el modelo había sido más o menos respetado.
Por su propia condición de arte «residual» -en el sentido que no hacía más que aplicar técnicas aprendidas a veces con más de un siglo de antelación-, el mudéjar solo conoce la evolución de los estilos cristianos.
Cuando irrumpe el Gótico en la Península -que supondría, por cierto, una innovación verdaderamente revolucionaría-, los constructores musulmanes aprenden los secretos de las formas ojivales sin abandonar por ello sus costumbres en lo referente a la decoración ni al empleo, tan ventajoso desde el punto de vista económico, del ladrillo.
La decoración mudéjar
Los recursos ornamentales de los mudéjares merecen un capítulo aparte.
En primer lugar, conviene destacar un hecho relevante: por muy rico que sea el aspecto de una torre, por muy suntuoso que deba ser un palacio o por mucho que un edificio, sea cual sea, pretenda destacarse como algo singular, el efecto de riqueza decorativa se logra siempre con materiales muy pobres. Ladrillos, aliceres vidriados, yeso y madera constituyen la materia prima de esos conjuntos abigarrados y a veces lujosos, que en ningún caso requirieron mármoles o metales preciosos.
En las superficies exteriores -fachadas o torres- la mera disposición de los ladrillos en arquillos, rombos o espigas daría lugar a un juego de luces y sombras muy característico. La raigambre almohade de este tipo de decoración es indudable: el minarete sevillano que, más adelante conoceríamos como La Giralda, fue el que en la España musulmana se llamaba sebka consistía en la repetición hasta el infinito de una red de arquillos lobuladas y entrecruzados.
La adición, en algunos casos, de piezas de cerámica vidriada daría resultados tan espléndidos como los que el viajero puede admirar en los campanarios aragoneses y en algunos monumentos andaluces. Con el tiempo, seguramente para imitar los motivos decorativos del gótico, se utilizaría el recurso de «aplantillar» los ladrillos, dándoles forma curva en uno de sus lados para utilizarlos en molduras semejantes a las que se labraban en piedra.
El recuerdo nazarí, representado por la Alambra de Granada, estaba también presente en las técnicas de los mudéjares. Zócalos de cerámica vidriada cubiertos de formas geométricas estrelladas, muros cubiertos de lacerías de estuco, frisos de mocárabes -piezas cóncavas suspendidas a la manera de estalactitas-, hiladas de caligrafía (en las que, por cierto, a veces aparecen versículos del Corán incomprensibles para los cristianos) y celosías configuran los interiores más cuidados de los edificios mudéjares.
La Mezquita de Córdoba, una pieza maestra del estilo califal serviría también de modelo en muchos casos: las alternancia del rojo y el blanco -el ladrillo visto y el estucado- en arcos de herraduras o lobulados y la aparición de bóvedas estrelladas son un buena muestra del gusto Hispano-Árabe prolongado en el mudéjar hasta mucho tiempo después de la desaparición de los reinos musulmanes.
Sin embargo, quizá lo más definitorio del gusto mudéjar es precisamente la combinación de estas herencias con las técnicas y los gustos que aportaría el mundo occidental, así como su aplicación en cualquier tipo de edificio. Los artesonados se utilizarían en palacios y conventos plenamente renacentistas y barrocos, cuando ya las corrientes europeas del arte más culto se había impuesto definitivamente.
La época mudéjar
No es posible desligar la aparición de esta corriente artística de los avances de la Reconquista y los movimientos de la repoblación.
El mudéjar aparece inmediatamente después de la toma de un territorio por los reyes cristianos y se prolonga hasta bien entrado el siglo XVI.
Sus primeras plasmaciones tienen lugar a mediados del XI en las tierras castellano-leonesas; antes de que finalizara el siglo, el mudéjar toledano había iniciado su marcha, aunque tanto uno como otro conocerían su momento de mayor actividad en torno a los siglos XII, XIII y XIV. El desarrollo paralelo del arte mudéjar en estas dos áreas no implicaría, sin embargo, una evolución acompasada: aquí, como en las otras regiones habitadas por musulmanes sometidos, resulta aventurado adjudicar una fecha aun determinado edificio basándose sólo en los datos estilísticos.
Cuando un alarife decidía basarse en un modelo anterior, procedente de la época musulmana, nada le impedía escogerlo entre las obras más recientes o las más antiguas y acomodarlo, sin más, al edificio que se le había encargado. Así, un motivo almohade -originario del siglo XII- o uno califal (del IX) podrían aparecer, solos o combinados, en pleno siglo XIV, sin que ello resultara chocante para nadie. El resultado de esta manera de proceder será, entre otros, el hecho de que dos edificios semejantes no tienen por qué datar de la misma época. Simplemente se ajustan a los mismos modelos.
Ni siquiera la aparición de las formas ojivales, a caballo entre los siglos XIII y XIV, sería un indicio determinante a la hora de establecer la edad de un templo o de un campanario: aunque, en general, el gótico sería rápidamente asimilado -al menos en sus formas más simples-, lo cierto es que existen algunos edificios fechados con posterioridad y perfectamente fieles a los tipos románicos.
Aragón comienza su época mudéjar en el siglo XII y Andalucía occidental ya a mediados del siglo XIII. En ambas regiones de produce un desarrollo autónomo, aunque en la segunda sea posible detectar la intervención ocasional de maestros toledanos. No parece, sin embargo, que el hecho de haber aparecido con anterioridad en un lugar o en otro suponga una mayor evolución o el descubrimiento de técnicas más depuradas: al fin y al cabo, el arte de los mudéjares se basaba siempre en las lecciones aprendidas en el momento de la construcción de los grandes conjuntos musulmanes, y su mayor o menor acierto dependía, casi exclusivamente, de los recursos de aquellos constructores anónimos.
La vida del mudéjar se prolonga hasta el siglo XVI, sin llegar a construirse en un estilo «noble». Con la excepción de los palacios edificados en le época dorada de la convivencia entre musulmanes y cristianos -los reinados de Fernando III el Santo y de su hijo, Alfonso X el Sabio-, las arquitecturas «representativas» se recomendarían a artistas occidentales: sólo en época de los Reyes Católicos (cuando ya la intransigencia religiosa iba preparando la expulsión definitiva) llegaría a esbozarse un estilo oficial lleno de referencias al gusto musulmán. El llamado «estilo Isabel», o gótico isabelino, sería para algunos autores la gran ocasión perdida de elaborar un arte autóctono de gran refinamiento. Su corta vida lo convierte, sin embargo, en un mero epígono de lo medieval, destinado al fracaso ante las pujantes corrientes clasicistas que definirían al Renacimiento.
Aunque lo que se entiende por estilo mudéjar se reduce, exactamente al arte que se desarrolló al hilo de la Reconquista -entre los siglos XI y XIV- la pervivencia de algunos elementos desarrollados en aquella época hasta bien entrado el XVIII nos permite extraer la conclusión de su profundo arraigo entre las tradiciones constructivas españolas. La utilización del ladrillo en edificios renacentistas y barrocos; las techumbres de madera en palacios y conventos (sólo las parroquias más modestas seguirían utilizándolas); los grandes aleros que protegen las fachadas; las tejas vidriadas que cubren a menudo las bóvedas barrocas.
Todos ellos incluidos en obras de estilo muy diferentes a los que les dieron origen constituyen un recuerdo póstumo del arte de los mudéjares.
Las palabras mudéjar
El hecho de que existiera una densidad de mudéjares tan importante entre las gentes que se dedicaban a la construcción y a las artesanías relacionadas con ella tenía que dejar, forzosamente, una huella visible a la legua.
En nuestro lenguaje cotidiano intervienen palabras que se incorporaron al castellano en aquellos siglos en que los musulmanes ponían nombre a lo que hacían para los cristianos: alcoba, aljibe, alberca, adobe, tapia, azotea, anaquel, alicatado, alféizar, alacena, azulejo, albañil… Las resonancias árabes de estas palabras tan frecuentes son sólo un testimonio más de lo cercano que sigue estando nuestro pasado, presente en las cosas más cotidianas.
